La sélection du Monde diplomatique en español

UN ESCRITOR INSUMISO

Reivindicación de Max Aub

lundi 2 mars 2009   |   Laurine Rousselet
Lecture .

Luchar por resistir, afrontar la persecución sin amoldarse a la fatalidad de las tiranías es lo propio de Max Aub (París, 1903 - México, 1972), un hombre que, lejos de eclipsarse en el terrible malentendido del exilio, se afanó por repeler la tragedia de la historia y le plantó cara a sus arbitrariedades. Las fronteras de su existencia en fuga sobrepusieron así, a la geometría de la ruptura, el poderío del deseo por servir a la libertad. Max Aub midió con creces la grandeza de ser un azar en esa noche al raso del olvido.

Nacido en Paris de padre alemán y madre francesa de origen judío-alemán (apellido “Moh- renwitz”), Max Aub tiene apenas once años en 1914, cuando ya llegan a sus oídos insultos como sale boche, o sale juif (1) y la familia se ve obligada a expatriarse a España. La burla es la ponzoña de la idiotez, pero esos agravios son el principio de una persecución encarnizada. Su padre, acusado por Francia de haber conservado su propia nacionalidad, se refugia en Valencia. Ambos progenitores son agnósticos, viven en un horizonte liberal y envían a Max a la Escuela Moderna (mixta y laica inspirada en la pedagogía de Francesc Ferrer i Guàrdia), donde aprenderá a pasos agigantados la lengua española, que abrazará indefectiblemente su carrera de escritor. Estudia también en la Alianza Francesa y en el Instituto Luis Vives. Desde muy joven, su vocación literaria, ligada a las convulsiones de una España en plena conmoción –es también viajante de comercio– pronto le conduce a cruzarse con figuras de la intelectualidad : Rafael Alberti, Luis Cernuda, Buñuel, Dalí, Miró, Antonio Machado, Picasso… Apodado por Enrique Díez Canedo, el viajero de la poesía, Max hace pública, a los 23 años, su primera pieza teatral, Narciso. En 1929, la política engendra en él un espíritu de resistencia e ingresa en el Partido Socialista Obrero Español. Semejante embestida en una realidad adversa parece ya prefigurar un talante remiso a la injusticia. Asumirá más tarde y por varios meses la dirección del diario socialista Verdad. Pero su vida se trastoca con el alzamiento franquista y, como delegado cultural de la embajada de España en París, se ocupa de encargar el Guernica a Picasso para la Exposición universal de 1937. Será sensible a la gracia de esa obra, crisol de contrastes de un realismo irreal, el de una “España, [donde] siempre ha sido imposible separar lo que existe de lo imaginado”.

Max Aub se reconoce en esa fidelidad de concordancias. Regresa a España en 1938 y se encuentra con André Malraux, quien lo solicita para el rodaje de Sierra de Teruel, adaptación cinematográfica de su novela L’Espoir. Tras varios meses de estadía en Barcelona, y ante la avanzada de las tropas franquistas, ambos escritores alcanzan la frontera de los Pirineos para salvar la película. Sólo la muerte de Aub fijará el término de esa amistad mutua.

En marzo de 1940, Max Aub se ve denunciado ante el embajador franquista en París como “súbdito alemán (israelí), nacionalizado español por el Gobierno rojo, durante la Guerra Civil, y que se halla actualmente en Francia, […] comunista notorio de actividades peligrosas”. La policía francesa se encarga de hacer acopio de calumnias, que permanecerán en sus archivos hasta 1958 (2).

Empieza a partir de ahí a ser sometido al encarcelamiento y a tribulaciones diversas : campo de refugiados de Vernet d’Ariège en repetidas ocasiones, campo de Djelfa en el Alto Atlas sahariano. Logrará salir en mayo de 1942 merced a la intervención de Edmundo González Roa (cónsul de México en Marsella), de un jefe de policía gaulista y de Margaret Palmer, quien coordina, desde Nueva York, el Emergency Rescue Committee (con misión de rescatar a los artistas amenazados por los nazis). Tras haberse retrasado su viaje y, de nuevo detenido por la policía francesa, embarcará de Casablanca a Veracruz para un destierro de varios decenios. Seguirá manteniendo, desde México, una asidua correspondencia con sus amigos escritores franceses y españoles.

A pesar de parecer condenado a la emigración y al cautiverio, Max Aub conservó sus manuscritos y prosiguió su labor de escritor en México : novela, relato, cuento, teatro, guiones cinematográficos. Su tesón literario abarca la miseria de la Guerra Civil, los nacionalismos de toda índole, el capitalismo y el imperialismo, amén de las medidas arbitrarias de todas las izquierdas, el horror de los campos de refugiados, el espanto de su propia existencia.

Su vida en el campamento de Djelfa la compara con la experiencia de Soljenitsyn cuando lee Un día en la vida de Ivan Denisovich. Y sin embargo, de su rebeldía postrera no se desprende victimismo alguno. Ironía, sarcasmo, humor negro (para muestra, sus Crímenes ejemplares, Finisterre, México, 1956), aportarán a la denodada energía de su prosa, que plasma el infierno de la privación, la grandeza de un sentimiento de lucidez capaz de darle la razón al heroísmo que entraña lo irreal.

Así son pergeñados fechas, personajes y lugares, bajo el prisma de una veracidad siempre maltrecha. Y así también concibe un día un engendro, su doble, Josep Torres Campalans, pintor cubista de genio inveterado que jamás existió. Disimulará la patraña desde 1958, y por varios años, ante un público movido por el sueño de una poesía sin lindes. Exposiciones, cuadernos, bocetos, testimonios, catálogos,… Aub lidia con tesón en la contienda contra lo real y sus espejismos : “[Por ser] escritor habría yo de entenderlo como persona : lo que realmente vive no es la gente, sino los personajes”. Pero nada hay de extraño en formular lo irracional para olvidar lo verdadero afirmado en el martirio : “Yo, Max Aub, no existo ; el que respira es ese peligroso comunista que un soplón denunció un buen día para justificar la paga. Y ese soy yo —y no soy yo, Max Aub, ese con quien estoy hablando y que, con todos los respetos, le escribe…”.

En los años 1960, viajará por Europa, impartiendo conferencias sobre su obra. En un afán por compartir la experiencia de un prolongado exilio. “Salí de España por no permanecer callado –porque es mi forma de combatir, porque mi profesión es la de escritor– y no voy a ocultar mi verdad…” escribirá antes del retorno. En París, procura que sus libros sean traducidos. Tanto en Francia como en España, Max Aub será un escritor mal conocido hasta su muerte (3). En 1966 fue invitado a Jerusalem, donde escribe Imposible Sinaí (4), testimonio de soldados israelíes y árabes que muestra lo insoluble de la guerra. A principios de 1969 obtendrá de las autoridades españolas –tras treinta años de exilio forzoso–, un visado de tres meses. Estancia cruel en un país que no le reconoce, tal y como referirá en su diario La gallina ciega (5). En 1972, culmina su colaboración con Luis Buñuel en el libro de conversaciones que le dedica y, a su vuelta en México, sucumbe a un infarto. 

Sale la inspiración de las tinieblas para ponerle sello a la grandeza de la insumisión y del valor, llamarada que da perpetuidad al trabajo creador. Max Aub se sirve de su exclusión para afirmar la clarividencia de la palabra, para saludar la ausencia que honra al vivir. Publicar, por ejemplo, La verdadera Historia de la muerte de Francisco Franco (6), invención del asesinato del dictador, era aún inconcebible en el París de los años 1960. Enredar los sentidos, los sonidos, es el tesoro inagotable que el impulso de la mano, de la tinta, rescata de la historia. Max Aub se vio en la tesitura de arrancar a la conciencia colectiva la lúcida maravilla de una experiencia de la condición humana remisa a lo real. No hay obstáculo, ni identidad, ni océano alguno que invalide el necesario trabajo del escritor a la hora de desbaratar las servidumbres de cualquier suerte de razón de Estado. La soledad o la angustia letales no son sino fidelidades terrestres, contra las fuerzas hostiles a la elevación. Aun encerrado en un territorio xenófobo y antisemita, o presa de la dictadura franquista, Max Aub declara su propia guerra al desastre de una realidad que destruye la extensión de la nada. Denuncia los mecanismos de masas, los burdos dogmatismos, la indigesta fruición del Poder : “Para vosotros, el Partido circunscribe la vida ; es lo principal, para mí no. Para vosotros, es una condición esencial, para mí, una consecuencia. Vosotros vivís dentro, y yo tengo la intención de vivir fuera…”. El único peligro para un creador es llegar a sentir repugnancia por su obra y Aub nunca incurrió en semejante inercia mental. La tentación de sucumbir no subyuga al escritor más que en sus páginas. Y si cae en desgracia, es por amor a una verdad que refrenda en el ser humano la suerte de soñar..

 

© LMD EDICIÓN EN ESPAÑOL

Notas :

(1) Sucio alemán, sucio judío.

(2) En 1951, desde su exilio mexicano, Max Aub envia una misiva al Presidente francés Vincent Auriol : “Me denunciaron por comunista y para ser perdonado –¿de qué, señor Presidente ?– tendría que devorar a comunistas. Pero yo, ni soy comunista ni me los como : soy un liberal, un socialista liberal, supongo que entenderá usted fácilmente esta antinomia”.

(3) España emitió un sello con su efigie el 2 de junio de 2003 por el centenario de su nacimiento. En Segorbe (Castellón), la Fundación Max Aub ha empezado a recuperar su memoria : comprando su biblioteca y su epistolario, editando su diario y sus obras. El ayuntamiento de París decidió en febrero de 2005 colocar una placa conmemorativa en su casa natal, en la plaza Cité de Trévise, n°3.

(4) Seix Barral, Barcelona, 1982.

(5) Joaquín Mortiz, México, 1971.

(6) Libro Mex, México, 1960.



Laurine Rousselet

Poetisa francesa, autora de Mémoire du sel (Inventaire, París, 2004) y L’Été de la trente-et-unième (L’Atelier des Brisants, Mont-de-Marsan, 2007). Este artículo ha sido traducido del francés por Fátima Rodríguez.


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